En el año 1991 un productor español de películas pornográficas quiso filmar en Paraguay. El tipo no se destacaba por su finura. Era un hombre bruto, poco leído, y acostumbrado a imaginar que todo lo que había fuera de Europa era selva habitada por gente salvaje y dispuesta a intercambiar oro por baratijas. Por medio de un emisario, hizo saber que desea contratar a una conocida abogada tributarista como protagonista. La había conocido durante un crucero en el Caribe donde, cuentan testigos, compartieron un fugaz romance. Ni bien supo de qué se trataba, la abogada respondió con una rotunda negativa. Sin embargo, el español también era un hombre cabezudo. Compró pasajes aéreos y a la semana estaba aterrizando en el aeropuerto Silvio Petirossi. De allí se dirigió raudamente al Gran Hotel del Paraguay, donde se instaló durante una semana. Lo primero que hizo fue llamar a la abogada tributarista. Por cortesía ella accedió a encontrarse para tomar un café. Fue allí donde yo me enteré de todo esto. Yo trabajaba en ese entonces en una cafetería ubicada sobre la calle Perú, casi De las residentes, a pocas cuadras de la Embajada Argentina. El tipo ingresó con traje y zapatos blancos y un insoportable aroma a perfume de free shop. Luego llegó ella, una encantadora mujer ya madura. Llevaba una blusa semitransparente, como se usaba en ese tiempo, que dejaba ver un corpiño de encaje negro que sostenía sus hermosas tetas. Eran las diez de la mañana. El español pidió un whisky y ella un jugo de naranja. Desde la barra me pareció que la conversación era cortés y amable, como la de dos viejos conocidos. Pero de a poco fue subiendo de tono. Para las once y media ya estaban a los gritos. El español, con el típico acento de las personas que nacieron en la península, dijo algo así como “Pues, mujer, solo te bajas un ratito ese sostén y muestras esos melocotones tuyos para que te los coma”. La abogada tributarista entonces revoleó el vaso de jugo de naranja que fue dar sobre el traje blanco. “Tu polla ínfima y arrugada no me hace ni cosquillas, viejo infeliz”, gritó, y se fue dando un portazo. Ese fue mi único y breve codeo con el jet set que hoy en día cada tanto circula en las redes sociales. Me alegra compartir con ustedes esta historia, cuyos detalles fui conociendo a través del tiempo a raíz de distintos comentarios recogidos en el ambiente.
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chevalier71 · Publicado hace 34 minutos 34 min